Trabajar en escenarios provocadores de la creatividad más disruptiva es, a menudo, un lecho de dificultades extremadamente complejas para clientes y consumidores. Trabajar bajo una creatividad consciente es clave para el desarrollo de productos y servicios que sean entendidos por nuestro entorno.

A menudo la maravillosa y excitante creatividad nos arroja ideas tremendamente potentes con las que desarrollar nuevos productos y servicios con matices totalmente diferenciales y únicos. Llegar a ese estado es extraordinario, es lo que todos los profesionales creativos, gente de marketing o las mismas marcas desean conseguir. Pero a veces, esto se convierte en un problema.

Un problema que proviene de la propia comprensión e identificación del usuario o consumidor con el producto o servicio que tiene frente a él. La creatividad más extrema no debe tener cabida en cualquier momento ni en cualquier situación. Debemos ser muy estudiosos del ambiente en el que nos encontramos, del sector en el que trabajamos y de la madurez de nuestro público e incluso de su estilo de vida.

La creatividad aplicada a productos o servicios debe saber establecer la relación perfecta entre función y emoción. Nos encontramos en una época de nuestra historia donde se prima en exceso la emocionalidad y la experiencia del cliente, llevándonos muy a menudo a resultados extremadamente complejos. No siempre la emoción debe prevalecer ante la funcionalidad.

Buscar la parte más rígida, más encorsetada de un producto o servicio, su fin último, y a partir de ahí desarrollar la creatividad con medida, una creatividad que sea consciente, viva y sorprendente, pero comprensible por el consumidor al que va destinada.

Pequeños cambios, pequeños avances, pequeñas sorpresas, pequeñas novedades que despertarán el deseo en tus clientes. No es preciso hacer grandes “locuras” (que por otro lado es lo que más me gusta de mi trabajo).

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