La pirámide de los 30 elementos de valor para el consumidor

Cuando los clientes evalúan un producto o servicio, suelen comparar su valor percibido con el precio. Más todavía en una época carga de incertidumbre y donde continuamente se oye hablar de inflación. Por eso, el precio importa, pero importa casi todavía más que elementos de valor son clave para el consumidor.

Muchas marcas se han centrado en gestionar el precio, sin embargo, lo que realmente valoran los consumidores puede ser difícil de precisar y psicológicamente complicado. ¿Cómo se puede gestionar el valor ya sea funcional (ahorro de tiempo, reducción de costes) o emocional (reducción de la ansiedad, entretenimiento)? El análisis de elección discreta, el cuál simula la demanda de distintas combinaciones de características del producto, precios y otros componentes, y otras técnicas de investigación similares son herramientas potentes y útiles. Sin embargo, están diseñadas para comprobar las reacciones de los consumidores ante conceptos preconcebidos de valor, los conceptos que los profesionales están acostumbrados a juzgar. Idear nuevos conceptos exige anticiparse a lo que la gente puede considerar valioso.

Por supuesto, la cantidad y la naturaleza del valor de un producto o servicio concreto siempre dependen de quien lo mire. Sin embargo, existen elementos básicos universales que crean oportunidades para que las empresas mejoren sus resultados en los mercados actuales o se introduzcan en otros nuevos. Un modelo riguroso de valor para el consumidor permite a una empresa idear nuevas combinaciones de valor que sus productos y servicios podrían aportar. Según el estudio publicado en Harvard Business Review, las combinaciones adecuadas se traducen en una mayor fidelidad de los clientes, una mayor predisposición de los consumidores a probar una marca concreta y un crecimiento sostenido de los ingresos.

Los 30 elementos de valor para el consumidor

Se han identificado 30 “elementos de valor”, atributos fundamentales en sus formas más esenciales y discretas. Estos elementos se dividen en cuatro categorías: funcionales, emocionales, que cambian la vida e impacto social.

Algunos elementos se centran más en el interior, atendiendo principalmente a las necesidades personales de los consumidores. Por ejemplo, la motivación, elemento que cambia la vida, es el núcleo de los productos de seguimiento del ejercicio de Fitbit. Otros se centran en el exterior, ayudando a los clientes a interactuar o navegar por el mundo exterior. El elemento funcional “organiza” es fundamental para Ikea o JYSK, porque ambos ayudan a los consumidores a enfrentarse a las complejidades de sus hogares.

Es importante no aceptar sin más la afirmación de un consumidor de que un determinado atributo del producto es importante, sino que exploramos qué subyace a esa afirmación. Por ejemplo, cuando alguien dice que su banco es “cómodo”, su valor deriva de alguna combinación de los elementos funcionales ahorra tiempo, evita molestias, simplifica y reduce el esfuerzo. Y cuando el propietario de una Leica de 10.000 dólares habla de la calidad del producto y de las fotos que hace, un elemento subyacente que cambia la vida es la autorrealización, derivada del orgullo de poseer una cámara que famosos fotógrafos han utilizado durante un siglo.

los 30 elementos de valor para el consumidor

El enfoque de los elementos de valor amplía la “jerarquía de necesidades” de Maslow

Este modelo de los 30 elementos de valor tiene sus raíces conceptuales en la “jerarquía de necesidades” del psicólogo Abraham Maslow. El psicólogo sostenía que las acciones humanas surgen de un deseo innato de satisfacer necesidades que van desde las más básicas (seguridad, calor, comida, descanso) hasta las más complejas (autoestima, altruismo). Todos conocemos la jerarquía de Maslow en nuestros días. El enfoque de los elementos de valor amplía sus ideas centrándose en las personas como consumidores y describiendo su comportamiento en relación con los productos y servicios.

En la base de la pirámide están las necesidades fisiológicas y de seguridad, y en la cúspide la autorrealización y la autotrascendencia. La suposición popular ha sido que las personas no pueden alcanzar las necesidades de la cúspide hasta que no hayan satisfecho las de la base. El propio Maslow adoptó un punto de vista más matizado, al darse cuenta de que pueden existir numerosos patrones de satisfacción. Por ejemplo, los escaladores alcanzan la autorrealización en ascensiones sin cuerda de miles de metros, ignorando consideraciones básicas de seguridad.

Del mismo modo, la pirámide de elementos de valor es un modelo heurístico -práctico más que teóricamente perfecto- en el que las formas más poderosas de valor viven en la cima. Para poder ofrecer esos elementos de orden superior, una empresa debe proporcionar al menos algunos de los elementos funcionales que requiere una determinada categoría de productos. Pero hoy en día existen muchas combinaciones de elementos en los productos y servicios de éxito.

La mayoría de estos elementos existen desde hace siglos y probablemente desde hace más tiempo, aunque sus manifestaciones han cambiado con el tiempo. Primero fueron los correos los que transportaban mensajes a pie. Después llegaron el Pony Express, el telégrafo, el correo neumático, el teléfono, Internet, el correo electrónico, Instagram, Twitter y otras redes sociales.

La relevancia de los elementos varía según la industria, la cultura y la demografía.

¿Cuáles son los patrones de valor?

¿Son algunos de los elementos más importantes que otros? ¿Tienen las empresas que competir en o cerca de la cúspide de la pirámide para tener éxito? ¿O pueden tener éxito destacando únicamente en los elementos funcionales? ¿Qué valor ven los consumidores en las empresas digitales frente a las omnicanal?

Algunos elementos importan más que otros.

En todos los sectores la calidad percibida afecta a la defensa del cliente más que cualquier otro elemento. Los productos y servicios deben alcanzar un determinado nivel mínimo, y ningún otro elemento puede compensar un déficit significativo en este aspecto.

Después de la calidad, los elementos críticos dependen del sector. En alimentación y bebidas, el atractivo sensorial ocupa el segundo lugar. En la banca de consumo, el acceso y la herencia (una buena inversión para las generaciones futuras) son los elementos que importan; de hecho, la herencia es crucial en los servicios financieros en general, debido a la conexión entre dinero y herencia. El gran atractivo de los teléfonos inteligentes se debe a que ofrecen múltiples elementos: reducen el esfuerzo, ahorran tiempo, conectan, integran, ofrecen variedad, diversión/entretenimiento, facilitan el acceso y organizan. Los fabricantes de estos productos -Apple, Samsung y LG- obtuvieron algunas de las valoraciones más altas de todas las empresas estudiadas.

Los consumidores perciben que las empresas digitales ofrecen más valor

Las marcas online bien diseñadas facilitan y hacen más cómodas muchas interacciones con los consumidores. Así, las empresas principalmente digitales destacan por ahorrar tiempo y evitar molestias. En la investigación de los autores del modelo Netflix superó a los proveedores tradicionales de servicios de televisión con puntuaciones tres veces más altas en reducción de costes, valor terapéutico y nostalgia. Netflix también obtuvo puntuaciones más altas que otros proveedores de medios en variedad, lo que ilustra la eficacia con la que ha persuadido a los clientes, sin ninguna prueba objetiva, de que ofrece más títulos.

Los comercios físicos aún pueden ganar en algunos elementos

Los minoristas omnicanal ganan en algunos elementos emocionales y que cambian la vida. Por ejemplo, tienen el doble de probabilidades que los minoristas que sólo venden por Internet de puntuar alto en valor de insignia, atractivo y afiliación y pertenencia. Los consumidores que reciben ayuda de los empleados de las tiendas dan puntuaciones mucho más altas a esos minoristas; de hecho, los elementos emocionales probablemente han ayudado a algunos minoristas que trabajan en tiendas a mantenerse en el mercado.

Foto de Tomáš Nožina en Unsplash

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FlamAid, la granada de seguridad personal con alarma de 110 dB y GPS

Hay variables que en marketing han sido y son básicos como, por ejemplo, el precio, la calidad o la innovación. Sin embargo, en los últimos tiempos hay un valor que se ha vuelto muy relevante en la conducta del consumidor: la seguridad. No siempre se verbaliza, no siempre se menciona en las encuestas (aunque últimamente pare que sí), pero está ahí, influyendo en decisiones de compra grandes y pequeñas, conscientes e inconscientes.

Hoy compramos buscando tranquilidad, minimizando miedos. Y las marcas que entienden esto tienen una ventaja competitiva clara.

Desde el marketing sabemos que las personas no compran solo productos, compran soluciones a sus miedos, deseos y necesidades. La seguridad conecta directamente con uno de los impulsos más básicos del ser humano: protegerse a sí mismo y a los suyos. Y aquí es donde ejemplos como el que te traigo hoy, FlamAid, nos ayudan a entender cómo convertir ese insight en una propuesta de valor potente y creíble.

La seguridad como motor de la conducta del consumidor

Si observamos el contexto actual, no es difícil entender por qué la seguridad ha ganado tanto peso. Vivimos en un entorno percibido como incierto: cambios económicos, crisis sanitarias recientes, sensación de vulnerabilidad en el hogar, en el trabajo o incluso en lo digital.

Ante esta realidad, el consumidor desarrolla comportamientos muy claros:

  • Busca marcas fiables
  • Valora la prevención frente a la reacción
  • Prefiere soluciones simples que le hagan sentir preparado. Tranquilo.
  • Penaliza el riesgo, aunque sea improbable

Desde el punto de vista del marketing, esto significa que la seguridad ya no es solo un atributo funcional, sino un interruptor emocional. No se trata únicamente de “evitar un problema”, sino de ganar paz mental.

Un error común en muchas estrategias de marketing es confundir seguridad con miedo. Comunicar desde el miedo puede generar atención a corto plazo, pero raramente construye marca. De hecho, hay que ser consciente que el miedo se puede trabajar desde el punto de vista de la provocación o de la minimización del mismo. La decisión es tuya como marca.

Las personas no quieren que les recuerden constantemente lo que puede salir mal. Lo que buscan es sentir que tienen el control, que están preparados y que han tomado una buena decisión.

Aquí es donde marcas como FlamAid lo hacen bien. Su propuesta no gira alrededor del pánico a lo que pueda pasarte fuera de casa, sino alrededor de la prevención inteligente, accesible y fácil de usar. El mensaje implícito es claro: no pasa nada, estás cubierta.

Eso conecta directamente con la psicología del consumidor moderno.

FlamAid como ejemplo de propuesta de valor basada en seguridad

Entonces, ¿Flamaid vende solo un producto? Obviamente no, vende tranquilidad fuera de casa, cuando estamos solos. Y esto es clave entenderlo desde el marketing.

Cuando una persona adquiere una solución de seguridad personal, no está pensando en la ficha técnica. Está pensando en su familia, en sí misma, en su respiro, en “por si acaso”.

Desde el punto de vista de la conducta del consumidor, FlamAid activa varios resortes psicológicos muy potentes. A mi modo de ver:

  • Prevención sin complejidad
  • Sensación de protección constante
  • Responsabilidad personal
  • Cuidado del entorno más cercano

Además, el hecho de que sea una solución pensada para cualquier persona, con un sistema muy, pero que muy sencillo, elimina una de las grandes barreras de entrada: la fricción mental. Cuanto más sencilla es una solución de seguridad, más probable es que se adopte.

Cómo las marcas pueden activar la seguridad en su oferta de valor

La seguridad no es exclusiva de sectores como el hogar, la salud o la tecnología. Prácticamente cualquier marca puede trabajar este concepto si lo hace desde el ángulo correcto. De hecho, este es un caso.

Algunas claves importantes:

Primero, entender qué significa “seguridad” para tu cliente. No es lo mismo seguridad financiera, seguridad física, seguridad emocional o seguridad social. El concepto es el mismo, pero la forma de activarlo cambia.

Segundo, integrar la seguridad en el relato de marca, no solo en el producto. FlamAid no se limita a existir como objeto, sino que se posiciona como una decisión responsable, lógica y tranquila.

Tercero, comunicar desde la normalidad. La seguridad funciona mejor cuando se presenta como algo cotidiano, no como una situación extrema. “Tenerlo y no necesitarlo” es una idea mucho más poderosa que “lo necesitarás algún día”.

Cuarto, demostrar fiabilidad. En temas de seguridad, la confianza lo es todo. Diseño, lenguaje, tono, canales y experiencia deben transmitir coherencia y solidez.

La seguridad es uno de los valores más poderosos del marketing que estamos viviendo porque conecta con algo profundamente humano. No es una moda, es una respuesta lógica al entorno extraño en el que vivimos.

Marcas como FlamAid nos muestran que no hace falta ser alarmista ni complejo para trabajar este concepto. Basta con entender al consumidor, hablar su idioma y ofrecer soluciones que aporten calma.

En un mercado saturado de mensajes, la verdadera diferenciación está en hacer sentir a las personas que han tomado una buena decisión. Y pocas cosas generan más satisfacción que saber que, pase lo que pase, estás preparado. Eso es seguridad.

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FreeWater, la marca de agua sin marca que es una plataforma publicitaria

Hay algo que me gusta decir en mis clases: “las marcas competimos por llamar la atención”. Cada marca intenta gritar más fuerte que el de al lado y donde las marcas parecen estar presentes en absolutamente todo, aparece una propuesta que rompe el guión: FreeWater, un producto sin marca que vive, crece y se distribuye gracias a la publicidad que pagan otros.

Este modelo, simple en apariencia pero muy poderoso en su concepto, nos invita a repensar la forma en que consumimos y la manera en la que las marcas llegan a las personas. En este artículo de hoy vamos a explorar qué lo hace tan especial, por qué resulta atractivo para anunciantes y consumidores, y qué lecciones de marketing podemos extraer.

FreeWater (ver su web) parte de una idea tan directa como sorprendente: el agua no cuesta nada para el consumidor porque el envase está pagado por anuncios impresos. Así, cada botella o lata funciona como un pequeño soporte publicitario que llega a manos de miles de personas sin que el público final tenga que pagar por ella.

Es decir, sí, el envase se convierte en un medio, igual que un anuncio en redes sociales, una valla o un vídeo. La diferencia es que, en lugar de interrumpir la experiencia del usuario, la acompaña: beber agua es una acción cotidiana, constante y sin fricción.

Un producto sin marca presente, pero con mucho valor añadido

Lo curioso es que FreeWater no busca desarrollar una marca como podemos pensar de primeras. No invierte en construir una identidad visual compleja, ni en campañas de posicionamiento emocional. Su “marca” es precisamente ser un producto sin marca, al servicio de, valga la redundancia, las marcas que se anuncian en él.

Esta ausencia de identidad propia es, paradójicamente, su mayor identidad. FreeWater no compite con el resto de aguas del mercado; juega en otra categoría, se han inventado su propio océano azul. No intenta convencer al consumidor de que su agua sabe mejor o proviene de un manantial más puro: su argumento es que es gratis y que, además, cada unidad sirve de plataforma publicitaria.

Si lo pensamos, es una idea muy alineada con las tendencias actuales: el consumidor está cansado de la saturación publicitaria, pero no está cansado de recibir cosas útiles (y gratis). Y pocas cosas son tan útiles como una botella de agua cuando tienes sed, sí, y gratis.

Un beneficio doble: impacto social y modelo sostenible

Otro aspecto muy atractivo es que el modelo no solo favorece a las marcas y al consumidor, sino que también puede generar un impacto positivo. La marca dona una parte de los ingresos a causas sociales, lo que convierte cada botella en un pequeño gesto solidario.

Y no solo eso:

  • Los envases son más sostenibles (por ejemplo, aluminio reciclable).
  • Se reduce el incentivo a usar plástico de un solo uso comprado.
  • Se crea un ciclo donde la publicidad financia un bien esencial.

Pero, ¿qué haría interesante para una marca anunciarse en un producto de consumo gratuito? Podemos destacar 3 aspectos clave:

1. La atención está garantizada

El usuario no está haciendo scroll, no está saltando anuncios, no está pasando de largo. Está sosteniendo el envase en su mano. Esa proximidad y ese tiempo de exposición son difíciles de obtener en cualquier otro formato.

2. Un alcance físico y directo

La publicidad digital es esencial, pero cada vez es más volátil y está más competida. Muy saturada. Un anuncio en un envase gratuito llega directamente a la calle, a eventos, a universidades, a oficinas. Se mueve con la persona, viaja con ella, incluso puede aparecer en fotos o vídeos de manera natural.

3. Asociación positiva

Hay una percepción emocional interesante: cuando recibes algo gratis, la sensación hacia aquello que lo hizo posible suele ser positiva. Las marcas que se anuncian en FreeWater no interrumpen: regalan.

Una idea que abre puertas a nuevas categorías

Si una botella de agua puede financiarse por publicidad, ¿por qué no otros productos cotidianos? El modelo abre una conversación interesante:

  • Bebidas gratuitas financiadas por anuncios
  • Snacks gratuitos
  • Cuadernos o material escolar patrocinado
  • Artículos de higiene personal
  • Transporte o servicios básicos subsidiados por marcas

De hecho, varios mercados ya exploran estos conceptos. FreeWater solo es el inicio de una tendencia de productos que no dependen del consumidor, sino del valor publicitario que generan y también de la distribución.

Recuerda, FreeWater representa una idea muy poderosa: la posibilidad de que los productos esenciales no tengan que costar dinero al consumidor. La publicidad, bien utilizada, puede financiar gran parte del consumo diario sin generar saturación ni rechazo.

Para las marcas, es una oportunidad de conectar de una forma única. Para los consumidores, una manera de ahorrar y acceder a un producto básico. Y para el marketing, un recordatorio de que la innovación no siempre está en lo digital: a veces, la revolución viene en forma de una botella de agua.

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